Jornadas Culturales Centro Cultural “Las Gilces”

Darla Alarcón

5/30/2026

¿Cómo escribir sobre la vida y la experiencia de otros, en momentos críticos de la historia, sin infamar, sin juzgar y, a su vez, exponiendo la densidad de la experiencia?

El colectivo Fuera de la Caja, El Nodo Productora Cultural, Geometrías Vivas y Senna Cultura, colectivos guayaquileños dirigidos por artistas escénicos, nos articulamos a partir de la convocatoria realizada por Peter Ronquillo para participar en una jornada especial en el Centro Cultural Las Gilces, ubicado en la provincia de Manabí, Ecuador.

Lo que, en un inicio, se anunciaba como un encuentro lúdico y de gestión cultural independiente fue transformándose, poco a poco, en una experiencia mucho más compleja. Las Gilces terminó revelándose como una especie de piedra angular donde afloraban síntomas de problemáticas que, a simple vista, permanecían ocultas bajo la aparente estabilidad de un proyecto comunitario. La experiencia dejó de ser únicamente un espacio para compartir actividades culturales y pasó a convertirse en una oportunidad para mirar de cerca las fisuras que atraviesan los procesos de gestión, sostenibilidad y mediación cultural.

Debo reconocer que fui ingenua al pensar que viviría una experiencia cómoda: llegar, impartir talleres, jugar con niñas y niños, reír y cumplir con aquello que solemos llamar voluntariado. Sin embargo, esa expectativa se desmoronó rápidamente. Hablar de las necesidades de una comunidad o de la ausencia de articulación institucional puede sonar esquemático e incluso arbitrario cuando se observa desde afuera; pero esa percepción cambia por completo cuando una decide involucrarse en el territorio de los otros y comprender las condiciones concretas desde las cuales sostienen sus procesos.

La visita se realizó con un pequeño grupo integrado por Jean, María Fernanda, Luisin, Javier y yo. Más que una intervención planificada a gran escala, fue un gesto impulsado por la voluntad de Peter de propiciar otras formas de mirar y habitar un proyecto que, aunque atravesado por el deseo genuino de aportar a la comunidad, también evidenciaba las tensiones cotidianas que implica sostener un espacio de educación no formal en un contexto donde las políticas institucionales siguen siendo insuficientes.

Las actividades culturales que realizamos fueron de baja escala, pero precisamente esa dimensión íntima permitió generar vínculos con los habitantes de la comuna. Más que los resultados visibles, lo significativo fue comprender cómo las propias comunidades producen, validan, gestionan y exponen sus saberes. Allí se hizo evidente que conceptos como Estado, administración, memoria y archivo no son categorías abstractas, sino dispositivos que median constantemente qué conocimientos alcanzan legitimidad y cuáles permanecen invisibilizados.

En ese sentido, la experiencia abrió preguntas que continúan resonando. Pensar los procesos de mediación cultural implica preguntarnos qué discursos son autorizados para construir la historia de un territorio, qué sujetos son reconocidos como portadores legítimos de conocimiento y cuáles son reducidos, una y otra vez, al silencio. También supone cuestionar qué formas de habitar y significar el mundo son consideradas válidas y cuáles quedan relegadas por no responder a las lógicas institucionales dominantes.

Más que una jornada de voluntariado, la visita a Las Gilces se convirtió en un ejercicio de escucha. Un recordatorio de que el trabajo comunitario no consiste únicamente en llegar con herramientas o actividades, sino en reconocer que toda comunidad posee saberes propios, conflictos, memorias y formas de organización que desafían constantemente nuestras ideas preconcebidas sobre lo que significa acompañar un proceso cultural.

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